Sociedad

Nada que celebrar, mucho por hacer

Insulina, agujas y tiras reactivas, siempre acompañantes en la diabetes.

Abril de 1999. Andaba yo por el pasillo de mi casa cuando mi padre, desde el cuarto de baño, me llama: “Ven, que vamos a ver cómo tienes el azúcar”. Él tenía un aparato para medir las glucemias, así que me pinchó en el dedo, pusimos la gota de sangre en la tira reactiva y… más de 400. Yo, la verdad, no era consciente de la gravedad de esa cifra, pero mi padre sí. Visita al médico, análisis de sangre y confirmación. La diabetes y yo comenzamos a caminar juntos.

Tenía 25 años y desconocía por completo esta enfermedad que ahora me resulta, contra mi voluntad, tan familiar. Mi mundo cambió aquel día, y tuve que aprender a convivir con agujas, insulina y los siempre molestos piquetes. Aún conservo el recuerdo de la primera hipoglucemia. Nunca antes me había enfrentado a algo así, pero por suerte me ocurrió en casa, bien arropado por los míos que, al igual que yo, se daban de bruces con algo desconocido. Muchas han venido después de esa, aunque ahora la experiencia me ayuda a anticiparme a ellas.

Si queremos buscarle algo positivo a la diabetes es que te obliga a llevar una vida modélica en términos de nutrición y cuidado del cuerpo para mantener unos niveles óptimos de azúcar. Siempre me ha gustado el deporte, así que no me supuso ningún esfuerzo en ese sentido. Y así, hace algunos años, tuve conocimiento de una asociación de diabéticos en torno al deporte. Su nombre, Team One.

El 14 de noviembre se celebró el Día Mundial de la Diabetes. Con ese motivo, un compañero de Team One, Moisés Ávila, escribía una reflexión es su página de Facebook sobre la enfermedad, cómo le afectó en sus inicios y qué significa en su día a día: “Me miró a los ojos, pero no la vi, ni la reconocí, pues no conocía ni su nombre”.

Añado un párrafo completo: “Forma parte de lo que soy, no voy a negarlo. Pero en mis ganas por comerme el mundo no caben los lamentos por ella, ni la temeridad de obviarla,… Tampoco tienen sitio la pena o el miedo de que venga conmigo a cada momento. No soy víctima, tan solo uno más. Mis límites son mis propios miedos, de los que todos tenemos, entre los que ella no entra”. Por cierto, el titular de este artículo también se lo he robado a Moisés, al que agradezco su disposición para colaborar conmigo, supongo porque en el momento de aceptar no sabía que además de diabético, soy bético.

Nada que celebrar y mucho por hacer. Así es, querido Moisés. El día 14 vimos como todos los políticos inundaban las redes sociales con mensajes de apoyo, consejos y demás. Por supuesto que se agradecen, pero no es eso lo que necesitamos los diabéticos. Como tampoco necesitamos que las administraciones emitan notas de prensa recordando el enorme número de retinografías que se hacen al año en Andalucía.

No. Lo que necesitamos es que al llegar al centro de salud a recoger agujas no nos digan que se han quedado sin cajas, o que nos dan un puñado, literal, y regresemos varios días después a ver si entonces han recibido el material. O que en el consultorio nos comenten que las pruebas de retinografía se retrasan porque no hay retinógrafos disponibles. Ambas cosas me han pasado a mi, en ningún caso exagero.

Yo tengo asumido que mi esperanza de vida es menor por ser diabético. Y que soy más propenso a otras enfermedades que el resto de la población, aunque esto en vez de asustarme me hace más fuerte. Está muy bien eso de hacernos visibles una vez al año pero, sinceramente, me resulta indiferente. A quien competa, menos ruido el 14 de noviembre y más trabajo callado, investigación.

Silenciosa, la diabetes me acompañará siempre, y yo estaré atento a ella, pero nunca temeroso. La vida es demasiado hermosa como para vivir con miedo.

Tagged ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *