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Quince años en un instante

Mi padre y mi madre, Antonio y Maruja, en una celebración.

Apenas habían transcurrido tres o cuatro horas del 15 de marzo de 2003 y yo estaba dormido. Puede que soñara con algo divertido, algo bonito, pero súbitamente regresé a la realidad. “Salva, ven”. De un salto me incorporé y comencé a caminar con paso apresurado, desde el sillón en el que el cansancio me había vencido hasta el final de aquel largo pasillo del hospital Puerta del Mar. Entré en la habitación y allí estaba mi padre, tumbado, como durante toda la última semana. Pero ya no le oía respirar. El dolor tras los lentos días viéndole apagarse hicieron que mi corazón se estremeciera, algo que se hizo más intenso mientras abrazaba a mis hermanos y a mi tía. Antonio Moreno Tocino se reencontraba con su esposa veintisiete años después.

Mi padre fue una buena persona que no disfrutó de una vida fácil. Viudo antes de los cuarenta y con cuatro hijos que criar, tuvo que hacer muchos sacrificios, alguno especialmente duro. A pesar de todo, y con el apoyo vital de su hermana y su padre, nos sacó adelante con muchos esfuerzos. Nunca nos faltó de nada, y desde que yo también soy padre valoro más la labor que hizo con nosotros. Ojalá mis hijos hubieran conocido a sus abuelos paternos, pero la vida tiene estas cosas y tampoco hay que darle más vueltas, peores cosas ocurren.

Y ojalá hubiese heredado yo alguna de sus virtudes, seguro que me iría mejor. Nunca llegaré a estar a su altura como padre, y no digamos ya como persona. Soy todo un ‘descastao’, como bien podrían confirmar mis familiares y amigos, a los que nunca presto la atención que se merecen. Eso, tarde o temprano, siempre pasa factura, sobre todo en los peores momentos.

A mi padre le echo de menos desde el primer día. Recuerdo cuando me reincorporé al trabajo, cómo en alguna ocasión llegué a levantar el teléfono para llamarle. Ahora, cuando siento que profesionalmente voy por la vida con el rumbo perdido, me encantaría tenerle conmigo y que me guiara, que me aconsejara y me aclarara las ideas. Pero eso no puede ser, así que recuerdo todo lo que me enseñó, el ejemplo que él siempre dio, y trato de aprender y actuar en consecuencia.

Muchas de estas cosas no se las dije en vida, y ahora me arrepiento de no haber sido más expresivo y haber mostrado mis sentimientos con más efusión. Siempre he sido de los que se dan cuenta de todo cuando la oportunidad ya ha pasado, y así me va. No le devolví a mi padre todo el amor que él me entregó con creces, y eso es algo con lo que siempre tendré que cargar.

Han pasado quince años casi de un día para otro, y es la primera vez que escribo sobre mi padre. Dicen que uno se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, así que supongo que algo de eso habrá también, y es que no soplan buenos vientos para la travesía. Te fuiste demasiado pronto, papá. Te necesitaba más tiempo conmigo. Lamento no haber sido un digno heredero de todo lo que tu hiciste, pero es mi intención mejorar. Espero que así Pablo y Silvia se sientan orgullosos de su padre, al menos tanto como yo de ti.

Papá y yo

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